Con pronósticos de 25% de inflación para los próximos meses, las expectativas empiezan a jugar un rol central, no sólo por el impacto en el bolsillo sino también para sostener una calma cambiaria.
El salto devaluatorio sin correlato en las cotizaciones financieras del dólar, ergo la fuerte caída de la brecha cambiaria que por primera vez en los últimos cuatro años cayó por debajo de 30%, es interpretado por propios y ajenos al Gobierno como un primer voto de confianza. El anuncio de fuerte ajuste fiscal, sobre el que el ministro Luis Caputo no se cansa de repetir que “es el corazón del programa económico”, logró sin dudas en las primeras jornadas aplacar las tensiones más urgentes. Sin embargo, persisten dudas y, sobre todo, riesgos.
El mayor de ellos es que, mientras se logra cierta estabilidad cambiaria tras el incremento del tipo de cambio oficial a $800, las expectativas inflacionarias se mantengan al alza. Los registros de este mes -que podrían llegar a 25% según estimaciones privadas- y también del resto del verano contribuirán a alimentar los temores. De hecho, las propias declaraciones públicas del presidente Javier Milei y Caputo parecieron convalidar el peor de los escenarios en el corto plazo, sin fecha para la baja. Mentir está mal pero decir toda la verdad todo el tiempo puede no estar tan bien.
De ahí que desde el Banco Central intentaron ayer a relativizar aquellas afirmaciones sobre rezagos monetarios y estanflación que dejaron instalada la idea de que la inflación se mantendrá alta por al menos el próximo año y medio. “Va a empezar a bajar antes”, intentaron aclarar, palabras más, palabras menos desde la autoridad monetaria. En cualquier caso, la inflación (más) descontrolada es una amenaza latente.
Fuente: INFOBAE

